sábado, 17 de mayo de 2008

109. Babosas del demonio

De cuando en cuando se me ocurre vomitar un conejito.

JULIO CORTÁZAR, “Carta a una señorita en París”
Bestiario

Al principio la tomé por una legaña, pero era demasiado grande y viscosa. Además, las legañas no reptan. Definitivamente, tenía que ser una babosa de lagrimal. A la semana siguiente llegó la segunda y, nueve días después, la tercera. La cuarta apareció pasados cinco días, y diez días más tardé llegó la quinta. Las siguientes fueron apareciendo con una periodicidad semanal, más o menos. Si hubieran sido babosas normales las habría aplastado sin piedad. Pero eran hijas de mis entrañas, fruto de mis humores acuosos y vítreos. Así que las conservé con afán coleccionista y, no voy a negarlo, un cierto amor maternal. Las alojaba en una caja de zapatos como las de los gusanos de seda, pero aquellas babosas no llegaron a probar la lechuga. En realidad, sólo se alimentaban de cartón: lo roían lenta pero incesantemente, de modo que cada dos semanas les tenía que cambiar la caja. Eso fue durante los primeros meses, porque a medida que aumentaba la familia las cajas se iban consumiendo más rápido.

Llegaban sin avisar, lo que me causaba una cierta inquietud (todo hay que decirlo). Habrían podido aparecer mientras me hallaba charlando con el vecino, tonteando con la panadera, o siendo inspeccionado por el oculista. Afortunadamente, no llegó a producirse ninguna situación embarazosa. Por lo demás, éste era el único inconveniente. La secreción de cada nueva babosa no me producía ningún dolor. Hasta que llegó el primer caracol.

2 comentarios:

claudia paredes dijo...

"Si se aplasta un caracol, la cáscara lo mata" (comentario de un niño a su maestro José María Firpo en el libro "La mosca es un incesto")

al dijo...

Jejeje. :-D